Todos
los seres humanos tenemos temores, ansiedades, que forman
parte de nuestra vida diaria; pero si ellos se intensifican,
se vuelven persistentes, a punto de impedirnos vivir
en forma normal deben ser tratados.
El Ataque de pánico, tan frecuente en nuestros
días, forma parte de los Trastornos
de Ansiedad.
Consiste en la aparición de crisis de pánico
reiteradas. En forma repentina y sin mediar causa alguna,
la persona siente palpitaciones, mareos, sudoración,
falta de aire, opresión en el pecho, molestias
que se extienden a los brazos, etc. Todo el cuadro
va acompañado de un miedo intenso, que le impide
a quien lo padece, continuar con sus tareas habituales.
Se instala entonces una progresiva y creciente sensación
de aprensión, temor y anticipación ansiosa
a que los ataques vuelvan a repetirse.
El enfermo comienza a realizar múltiples consultas
clínicas, a especialistas (sobre todo a cardiólogos)
como visitas a guardias médicas y servicios
de emergencia. Si la persona que sufre este problema
no se trata, el cuadro continúa su curso natural,
presentándose un estado que se manifiesta por
el temor a padecer un ataque de pánico en lugares
o situaciones donde escapar se le haría difícil
o socialmente embarazoso y la posibilidad de recibir
ayuda, dificultosa. De esta manera gradualmente el
paciente va restringiendo sus actividades sociales;
no concurre a reuniones, no puede viajar en un medio
de transporte, tampoco alejarse de su vivienda, ir
al trabajo, quedarse solo, ir a lugares distantes,
etc. La persona se torna cada vez más dependiente,
necesitando compañía aun para las tareas
más simples y demandante de sus familiares,
amigos o vecinos.
No hay duda que la triste realidad social en nuestro
país con un 50 % de los habitantes en estado
de pobreza, la falta de trabajo con un alto índice
de desocupados, como así también el nivel
de esclavitud en la que se encuentran aquellos “afortunados” que
tienen un empleo en relación de dependencia,
son el cultivo adecuado para desequilibrar la fuerza
vital de cualquier ser humano y comenzar con el trastorno
que analizamos.
Hace algo más de un año me visitó un
joven de 27 años que presentaba caída
del cabello por zonas (alopecia areata) y ataques de
pánico que lo obligaron en una oportunidad a
descender de un colectivo y ser trasladado de urgencia
a un hospital público. Estos problemas aparecieron
luego de haber estado sometido a diferentes tensiones
durante mucho tiempo. Después de casi 2 años
de búsqueda infructuosa había conseguido
un empleo que al fin le permitiría vivir en
forma independiente. En su nuevo trabajo la presión
era muy intensa y el fantasma del desempleo lo asechaba;
además la muerte de un familiar muy querido
sumada a una mudanza inminente terminaron por precipitarlo
en este infierno.
Ya al terminar la primera entrevista me dijo “después
de hablar con Ud. doctor, me parece que me siento mejor”.
Esto es comprensible, dado que el médico homeópata,
estudia al paciente con una mirada holística
(mirada total), bajo la cual se considera no sólo
lo que el paciente siente en sí o cómo
lo siente, sino en qué circunstancias y en qué lugar
le sucede todo ello. Al homeópata le interesa
además del paciente, el medio familiar, el medio
social en el cual está inmerso y vive. Esto
se logra luego de una consulta que nos ocupa no menos
de una hora durante la primer visita.
Cuando el médico hace de la salud y de la vida
de sus enfermos la primera de sus preocupaciones (Hipócrates),
prepara el terreno para la curación total del
enfermo.
El amor por lo que hacemos, la comprensión y
el afecto dedicado a nuestros pacientes, permiten que
el medicamento homeopático restablezca el equilibrio
perdido.
El joven paciente ya no tiene sus ataques de pánico,
pese a las situaciones adversas a la cual sigue sometido;
recuperó su cabello y continúa su tratamiento
con controles cada 3 meses hasta que llegue el momento
del alta definitiva, cosa que hemos logrado con otros
casos que no vienen relatar ahora.